El aprendiz y el maestro. Ambos conocedores de la voluntad férrea
de la obstinación. Construyeron un camino en paralelo, sus mentes vuelan sobre
el mar y los corazones atracan en puertos. El corazón sangra cuando la meta
esta cerca, pero saben que elucubrar llevara al error. Y cuanto más tiempo te
exiges, más se destensa el cable. En su mirada se basa la confianza, y en ella
se depositan las sensaciones que se dan para convertirse en el otro. Pudiera servir
la emoción para convertirse en el otro. Pudiera servir la emoción para lograr
saborear el beso, para que le sorprenda una flor, pero su capacidad para no
sufrir, se basa en lograr el equilibrio. Pausados, sensuales, consumidos por el
ritmo cardiaco del acto, saborean lo que es destruir la cárcel en la que les
han metido. Y sus mentes, siempre en guerra, se pierden cuando llegan desde el
cielo, porque el instante es infinito desde el primer paso, desde que uno
avanza más, desde que el cerebro empieza a funcionar. Desde que empiezan a ser
funambulistas
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